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Mística de la austeridad

Las miradas profundas son escasas hoy día. No abundan las personas que ven a los ojos, escuchan sin interrumpir o dicen justo aquello que más enriquece y edifique. Claro, si son escasas, entonces urge abrir los ojos, con audacia y ternura. Y esparcir ese aroma y fuego por donde nuestros pasos desplieguen su ritmo.

Si vemos con profundidad nos daremos cuenta que tenemos asiento en el frenético tren del consumo, la superficialidad de la imagen y la exuberancia del poseer. Máscaras van y vienen: seres plásticos, líquidos y efímeros. Sí, asistimos a la emergencia de nuevas versiones de lo humano: ciborgs plastificados, inflados por siliconas, con pieles estiradas por la toxina botulínica, vestidos con telas costosísimas y expertos en “perfumar” la realidad. Se hace legítimo que el socialmente aceptado es el que más superficial sea, desinteresado, desencarnado, apático, soberbio, codicioso, falso, arribista, lobista. Desfilan cuerpos desteñidos de tanto maquillaje, y muchos son esclavos del laberinto sin salida de las marcas. Solo son si tienen el sello de la Alta Costura. Pareciera que las sensibilidades están cautivas, viciadas, adormiladas por el bombardeo sórdido de estos “productores de felicidad”.

Entonces, ¿qué hacemos? Jesús es nuestro horizonte, inspiración e inquietante modelo de relación con las cosas, las personas y con nosotros mismos. Sí, Jesús, el humilde, gracioso, manso de corazón y desprendido de toda cascara pues su fuerza está arraigada en lo más profundo de sí mismo. Claro, cuando uno contempla los Evangelios y se deja transfigurar por su fuerza fresca y siempre vital, no podemos menos que ir a contracorriente de esta cultura de codicia, despilfarro, egoísmo, frialdad y lujos. Así, el camino siempre se abrirá cuando nos callemos con valentía y seamos capaces de dejarnos “moldear” por la alegre presencia del más despojado de los humanos.

Claro está, dicho movimiento hacia al interior siempre será movimiento en constante salida y comunión con los grupos humanos más empobrecidos y vulnerables, excluidos económicos y culturales. Ellos nos evangelizan con su testimonio y tenor de vida; y lo más fascinante y emocionante es que siempre nos llevarán al “Hijo del Hombre que no tiene dónde recostar la cabeza” (Mt 8, 20). Será este Jesús el que nos salve de hundirnos en las basuras de tanta acumulación, será este Jesús el que nos aliente a vivir alegremente austeros. Sí, este Jesús que sigue Resucitando en nuestra piel, un Dios que no ahorró energías en amar cara a cara, tocando la piel herida, cansada o enferma. No seamos exitosos, seamos fecundos, porque nuestros frutos de amor permanecen ¡Su cariño sanador nos curará y nos hará nacer a la alegre sencillez de vivir compartiendo lo que hemos recibido gratuitamente!

(Esteban Morales Herrera, SJ)

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